Agnes Grey

Agnes Grey

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¿Que nunca lo había podido averiguar? ¿Significaba aquello que lo había intentado? Le dije entonces dónde vivíamos. Él me preguntó cómo iban nuestras cosas, y yo le dije que marchaban muy bien, que el número de nuestras alumnas había aumentado considerablemente después de las vacaciones de Navidad, y que esperábamos conseguir aún más pasadas las de verano.

—Debe de ser usted una buena profesora —comentó.

—No, es mi madre —respondí—. Es una persona muy dotada, además de activa, inteligente y amable.

—Me encantaría conocerla. ¿Me la presentaría usted, si alguna vez voy a visitarla?

—Sí, será un placer.

—¿Y me concedería el privilegio, en mi condición de viejo amigo, de ir a verla de vez en cuando?

—Sí, claro… supongo que sí.

Fue una respuesta muy tonta, pero la verdad es que me pareció que no podía invitar a nadie a casa de mi madre sin que ella lo supiera antes. Si hubiera dicho: «Sí, si mi madre no pone ninguna objeción», habría parecido que daba a la pregunta más importancia de la que tenía. De forma que, suponiendo que ella no pondría ninguna objeción, había añadido el «supongo que sí»; aunque, naturalmente, de haber estado más tranquila, se me podía haber ocurrido una frase más correcta e inteligente.


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