Agnes Grey
Agnes Grey La tarea de la enseñanza probó ser tan ardua para el cuerpo como para el espíritu. Tenía que correr detrás de mis alumnos para atraparlos y llevarlos o arrastrarlos hasta la mesa, y allí sostenerlos, incluso por la fuerza, hasta que la lección terminaba. Con frecuencia tenía que poner a Tom en una esquina y sentarme delante de él en una silla, con el libro que contenía la lección que debía leer o repetir en la mano, antes de soltarlo. Él no tenía fuerzas suficientes para tumbarme a mí y a la silla, de modo que se quedaba de pie haciendo las muecas y contorsiones más grotescas imaginables —que sin duda harían reír a cualquier espectador, pero no a mí— y lanzando fuertes gritos y alaridos, que pretendían pasar por llanto, aunque les faltaba el acompañamiento de las lágrimas. Yo sabía que hacía todo esto para molestarme, y, por tanto, aunque temblara de impaciencia e irritación por dentro, me esforzaba como un hombre en no mostrar ningún signo de enfado, y pretendía esperar sentada, con calma indiferente, hasta que le pareciese bien terminar con el pasatiempo y se preparase para ir a correr al jardín, después de mirar el libro y leer o repetir las pocas palabras que debía aprender.