Agnes Grey

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No obstante, Tom no era, ni mucho menos, el más ingobernable de mis alumnos. Algunas veces, para gran alegría mía, se daba cuenta de que lo más inteligente que podía hacer era terminar sus deberes y salir a divertirse hasta que sus hermanas y yo nos reuníamos con él, lo cual no sucedía muy a menudo, porque Mary Ann raras veces seguía su ejemplo en este particular. En apariencia, ella prefería rodar por el suelo a cualquier otra cosa. Se dejaba caer a plomo y cuando, con gran dificultad, había conseguido arrancarla de ahí, aún tenía que sujetarla con un brazo y sostener el libro que debía estudiar con el otro. Como el peso muerto de la niña de seis años resultaba demasiado pesado para sostenerlo con un solo brazo, debía cambiarlo al otro, y, cuando ya ni los dos eran suficientes, la arrastraba a un rincón y le decía que podría salir de la habitación cuando recobrara el uso de sus pies y se levantase. Sin embargo, ella prefería quedarse en el suelo como un pedazo de madera hasta la hora de la comida o del té, ya que entonces, como no podía privarla de sus comidas, tenía que liberarla y ver cómo salía a gatas con un gesto triunfal en su cara redonda y colorada.





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