Agnes Grey
Agnes Grey A menudo se negaba rotundamente a pronunciar alguna palabra concreta de la lección; ahora lamento la energía malgastada en intentar dominar su obstinación. Si hubiese tratado el asunto como algo de escasa trascendencia, en vez de luchar en vano por imponerme, como hice, ambas partes hubiésemos salido ganando; pero creí que mi deber sagrado era cortar este vicio de raíz, como de hecho era, de haber estado en mi mano conseguirlo. Si mi poder hubiera sido menos limitado, habría forzado su obediencia, pero, en aquellas circunstancias, todo quedaba reducido a una lucha de fuerzas entre las dos, de la cual generalmente ella salía victoriosa, y cada victoria servía para envalentonarla y darle nuevas fuerzas para la siguiente contienda.
En vano esgrimía argumentos, la engatusaba, le suplicaba, la amenazaba, la reñía; en vano la castigaba sin jugar o, si me veía obligada a sacarla de paseo, me negaba a jugar con ella, a hablarle con simpatía o a hacerle el menor caso; en vano intentaba explicarle las ventajas que comportaba conducirse como debía, el amor y el cariño con el que sería recompensada y las desventajas de persistir en su absurda perversidad. Algunas veces, cuando me pedía que hiciera algo por ella, le contestaba:
—Sí, Mary Ann, basta con que diga esa palabra y lo haré. ¡Vamos, dígala enseguida y se acabarán los problemas!