Agnes Grey

Agnes Grey

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—No.

—Bueno, pues entonces está claro que no puedo hacer nada por usted.

En mi caso, cuando tenía su edad, o incluso menos, el más terrible de los castigos era que no me tuvieran en cuenta o me hiciesen sentir avergonzada; pero ninguna de esas cosas tenía el menor efecto en ella.

Algunas veces, cuando estaba al límite de la desesperación, la sacudía violentamente por los hombros, le tiraba del pelo o la castigaba en un rincón; su respuesta, entonces, era lanzar unos gritos agudos y estridentes que me atravesaban la cabeza como un cuchillo. Sabía que yo odiaba aquello y, cuando había chillado al límite de sus fuerzas, me miraba fijamente a la cara, con un aire de satisfacción vengativa, y exclamaba:

—¡Ahí tiene!

Y volvía a chillar una y otra vez, hasta que me veía obligada a taparme los oídos. A menudo esos horribles gritos hacían que la señora Bloomfield subiese a la habitación para preguntar qué pasaba.

—Mary Ann es una niña muy traviesa, señora.

—Pero ¿por qué gritaba de esa manera tan horrible?

—Gritaba en un ataque de rabia.

—No había oído algo tan espantoso en mi vida. Parecía que la estaba matando. ¿Por qué no está fuera con su hermano?


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