Agnes Grey
Agnes Grey —No puedo conseguir que termine su lección.
—Mary Ann tiene que ser una niña buena y terminar su lección —decÃa con suavidad a la niña—. Espero que nunca más tenga que escuchar unos gritos tan terribles.
Y fijando sus ojos glaciales en mÃ, con una mirada que no admitÃa dudas, salÃa de la habitación cerrando la puerta tras de sÃ.
Algunas veces intentaba tomar por sorpresa a la obstinada criatura y le preguntaba por la palabra cuando estaba pensando en otra cosa; con frecuencia comenzaba a pronunciarla y, de repente, se paraba en seco, con una mirada provocadora que parecÃa decir:
—¡Ah, no, soy demasiado lista, no me va a engañar!
Otras veces pretendÃa que me habÃa olvidado de todo el asunto y charlaba y jugaba con ella como de costumbre, hasta la noche; cuando la acostaba y me inclinaba sobre ella —toda sonrisas y buen humor—, justo antes de marcharme, con la misma alegrÃa y cariño, le decÃa:
—Ahora, Mary Ann, dÃgame la palabra antes de que le dé el beso de buenas noches. Como ahora es una niña buena, por supuesto me la dirá.
—No, no lo haré.
—¡Entonces no puedo darle un beso!
—Bueno, no me importa.