Agnes Grey

Agnes Grey

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En vano le expresaba mi tristeza; en vano me quedaba esperando un síntoma de contrición: realmente «no le importaba». Y la dejaba sola, en la oscuridad, perpleja ante esta última muestra de su insensata testarudez. En mi infancia no podía imaginar un castigo más doloroso que el que mi madre se negara a darme un beso por la noche. La sola idea era terrible, aunque, por fortuna, nunca dejó de ser una idea, pues nunca cometí una falta que mereciese tal castigo. Pero recuerdo que, una vez, mi hermana cometió una falta y mi madre creyó correcto infligirle ese castigo; no sé lo que ella sentiría, pero tardé mucho tiempo en olvidar lo que sufrí y las lágrimas que derramé por ella.

Otra de las peculiaridades desagradables de Mary Ann era su incorregible propensión a correr a la habitación de los niños para jugar con sus hermanas pequeñas y con la niñera. Esto era algo muy natural, pero como iba en contra del expreso deseo de su madre, yo tenía que prohibírselo y hacer todo lo posible por retenerla a mi lado, con lo cual lo único que conseguía era aumentar su deseo de ir a la habitación de los niños; cuanto más luchaba por impedírselo, más a menudo iba allí y más tiempo se quedaba, para gran disgusto de la señora Bloomfield, quien, como yo bien sabía, me hacía responsable de todo el asunto.


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