Agnes Grey
Agnes Grey Otra de mis batallas era vestirla por la mañana: unas veces no quería que la lavase; otras, se negaba a que la vistiese, a no ser que le pusiera alguna falda en particular que yo sabía que su madre no quería que llevase; otras, se ponía a gritar y salía corriendo cuando intentaba peinarla. De forma que, con frecuencia, cuando, después de semejante lucha, finalmente conseguía que bajase, los demás habían casi terminado de desayunar; las miradas siniestras de la «mamá» y las malhumoradas observaciones del «papá», directa o indirectamente dirigidas a mí, eran mi segura recompensa, pues había pocas cosas que irritasen más a este último que la falta de puntualidad en las comidas.
Luego, entre mis problemas menores, se encontraba mi incapacidad para satisfacer los gustos de la señora Bloomfield con relación a la forma de vestir a su hija; también el peinado de la niña era siempre «impresentable». Algunas veces, como el peor reproche que podía hacerme, se hacía cargo ella misma de la tarea de una peinadora y se quejaba amargamente de la molestia que le causaba.