Agnes Grey

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Aquel día, sin embargo, parecían satisfechos de encontrarse donde se encontraban y, lo que aún resultaba más extraordinario, parecían dispuestos a jugar sin recurrir a mí para divertirse y sin discutir unos con otros. Su ocupación era un tanto sorprendente: estaban todos en cuclillas junto a la ventana, sobre un montón de juguetes rotos y de huevos de pájaros o, mejor dicho, de cáscaras de huevos, ya que, por fortuna, su contenido había sido extraído del interior. Habían roto los huevos y los reducían a pequeños fragmentos, no sé muy bien con qué fin, aunque, siempre que estuvieran tranquilos y no enredaran demasiado, no me importaba. De modo que, con un sentimiento de rara tranquilidad, me senté junto al fuego, dando las últimas puntadas a un vestido para la muñeca de Mary Ann, con la idea de escribir una carta a mi madre cuando terminara. Pero, de pronto, la puerta se abrió y la cara gris del señor Bloomfield asomó por ella.

—¡Qué silencio! ¿Qué están haciendo? —preguntó.

«Por lo menos, nada malo hoy», pensé.

Pero él tenía una idea diferente. Después de avanzar hacia la ventana y de observar la ocupación de sus hijos, exclamó con aspereza:

—¿Qué demonios están haciendo?

—¡Estamos moliendo cáscaras de huevo, padre! —exclamó Tom.


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