Agnes Grey
Agnes Grey —¡Cómo se atreven a hacer estas porquerÃas, diablos de niños! ¿Es que no ven el desastre que están organizando sobre la alfombra? —La alfombra era una vulgar estera marrón—. Señorita Grey, ¿sabÃa usted lo que estaban haciendo?
—SÃ, señor.
—¡De modo que lo sabÃa!
—SÃ.
—Lo sabÃa usted y, sin embargo, siguió ahà sentada, permitiéndoles que continuaran, sin una palabra de reproche.
—No me pareció que estuviesen haciendo nada malo.
—¡Nada malo! Pero ¡bueno, mire ahÃ! Mire la alfombra, ¿se ha visto algo igual en una decente casa cristiana? ¡No me extraña que la habitación parezca una pocilga! ¡No me extraña que sus alumnos sean peor que una piara de cerdos! ¡No me extraña nada! ¡Esto rebasa el lÃmite de mi paciencia! —Y salió de la habitación, dando un portazo que despertó la risa de los niños.
—¡Esto también rebasa el lÃmite de mi paciencia! —mascullé, levantándome; y, cogiendo el atizador, me puse a remover las cenizas con una energÃa inusitada, descargando mi enfado mientras pretendÃa estar avivando el fuego.