Agnes Grey
Agnes Grey —¡Oh, Richard! —exclamó en una ocasión—. Si alejaras de tu cabeza esos sombrÃos pensamientos, vivirÃas tanto tiempo como cualquiera de nosotras; al menos, lo suficiente como para ver a tus hijas casadas, y a ti mismo convertido en abuelo, con una alegre y activa viejecita a tu lado.
Mi madre se echó a reÃr y también mi padre, aunque su risa dio pronto paso a un triste suspiro.
—¡Casadas! Pobres criaturas… —dijo—. Sin un chelÃn, ¿quién querrá casarse con ellas?
—Por amor de Dios… cualquiera estarÃa agradecido. ¿No era yo pobre cuando me casé contigo? Y al menos entonces fingiste estar encantado con tu adquisición. Pero no es una cuestión de que se casen o no; hay mil formas honradas de ganarse la vida. Además, me pregunto, Richard, cómo puedes torturarte con la idea de la pobreza que recaerÃa sobre nosotras si murieras, como si eso fuera algo importante comparado con la desgracia de perderte. Sabes muy bien que esa desgracia anularÃa cualquier otra y que es de ésa de la que debes intentar librarnos por todos los medios. Recuerda que no hay nada como un espÃritu alegre para mantener la salud del cuerpo.
—Sé bien, Alice, que hago muy mal en quejarme todo el tiempo, pero no puedo hacer nada por evitarlo. Tienes que perdonarme.