Agnes Grey
Agnes Grey —Casi siempre; pero yo no os malcrié, y tampoco es que fueseis angelitos. Mary era muy testaruda y reservada, y tú tenÃas un temperamento bastante fuerte. Pero la verdad es que, en general, fuisteis unas niñas muy buenas.
—Ya sé que a veces era arisca, y me hubiera gustado que esos niños lo hubiesen sido también a veces, porque entonces los habrÃa entendido. Pero no lo eran, y es que no se sentÃan ofendidos, heridos o avergonzados por nada. Nunca estaban descontentos, excepto cuando se les negaba un capricho.
—Entonces no era culpa de ellos; no puedes esperar que la piedra sea tan moldeable como la arcilla.
—No, pero aun asà es muy desagradable vivir con unas criaturas tan insensibles e impenetrables. No puedes quererlas, y, si pudieras, malgastarÃas tu cariño: ellos no sabrÃan devolverlo, ni apreciarlo, ni comprenderlo. De todas formas, si volviera a toparme con una familia parecida, lo cual me parece poco probable, contarÃa con esa experiencia y me las arreglarÃa mejor que antes. Y todo esto no es más que un preámbulo, lo que quiero pedirte es que me dejes intentarlo de nuevo.
—Veo que no te desanimas fácilmente, hija mÃa, y me alegro. Pero deja que te diga una cosa: estás mucho más pálida y delgada que cuando te fuiste de casa por primera vez, y no podemos permitir que pierdas tu salud por ahorrar dinero, ni para ti ni para nadie.