La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall EL VICARIO DE NUEVO
Pon que han pasado unas tres semanas. La señora Graham y yo éramos ahora amigos declarados; o hermana y hermano, como decidimos considerarnos. Ella me llamaba Gilbert, por expreso deseo mío, y yo la llamaba Helen, porque había visto este nombre escrito en sus libros. En raras ocasiones intentaba verla más de dos veces por semana; e incluso, siempre que podía, procuraba que nuestros encuentros parecieran el resultado de una casualidad —pues pensaba en la necesidad de ser muy prudente— y, en general, me comportaba con una corrección tan desmesurada que no tuvo que llamarme la atención ni una sola vez. Sin embargo, no pude dejar de percibir que se sentía a veces desgraciada o insatisfecha consigo misma o con su posición, y realmente yo mismo no me sentía contento por lo último: esta actitud de indiferencia fraternal era muy difícil de mantener y yo me veía a menudo como un hipócrita abominable. También me di cuenta, o más bien lo sentí, que, a pesar suyo, «yo no le era indiferente», como dicen humildemente los héroes de novela, y aunque disfrutaba con gratitud de mi buena suerte, no podía dejar de desear y esperar algo mejor en el futuro; pero, naturalmente, me reservaba semejantes sueños todos para mí.
—¿Adónde vas, Gilbert? —dijo Rose una tarde, poco después del té, cuando yo había estado todo el día ocupado en la granja.
