Jane Eyre

Jane Eyre

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Durante aquella mañana me incluyeron entre las alumnas de la cuarta clase y me asignaron tareas y ejercicios. Hasta el momento mi papel en Lowood había sido el de espectadora, pero ahora había llegado el momento de tomar parte activa. Al principio, al estar poco acostumbrada a aprender las cosas de memoria, las lecciones me parecieron largas y difíciles; me confundía el constante cambio de tareas y respiré aliviada cuando, a las tres en punto, la señorita Smith me puso en las manos un pedazo de muselina, aguja, hilo y dedal y me envió a una esquina a que cosiera un dobladillo. La mayoría de las chicas cosía a esa hora, pero una de las clases seguía leyendo en voz alta ante la señorita Scatcherd. El silencio de la sala permitía que pudiera oírse el contenido de la lectura, así como el tono de cada una de las chicas y los elogios o reconvenciones de la profesora. El tema versaba sobre la historia de Inglaterra; entre las alumnas distinguí a mi conocida del porche. Al principio de la clase, su posición era la primera de la fila, pero algún error o una simple falta de atención a los signos de puntuación la llevaron súbitamente al último lugar. Incluso en esa triste posición, la señorita Scatcherd no paró de mirarla ni un instante dirigiéndole frases del estilo de: «Burns —al parecer ese era su nombre, ya que las chicas éramos llamadas por el apellido como si fuéramos muchachos—, pon los pies rectos inmediatamente», «Burns, no saques la barbilla», «Burns, te he dicho mil veces que levantes la cabeza», «¡Burns, no voy a tolerar que muestres semejante actitud en mi presencia!».


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