Jane Eyre
Jane Eyre Pero en ese momento la señorita Smith reclamó mi ayuda para que le sujetara una madeja de hilo, y, mientras ella la devanaba, iba haciéndome preguntas sobre mi escuela anterior y mis conocimientos de costura. Con todo ello, perdí de vista a la señorita Scatcherd y cuando volví a mi asiento oí como esa dama le daba una orden a Burns. No pude entender sus palabras, pero la chica abandonó de inmediato la clase y se dirigió a un cuartito donde se guardaban los libros; de ahí volvió en medio minuto llevando en las manos un haz de cuerdas de mimbre unidas por un extremo, que entregó a la señorita Scatcherd dando muestras de cortesía y respeto. Sin que nadie le dijera nada, la niña se desabrochó el vestido y la profesora le infligió una docena de azotes con las cuerdas sobre los hombros. Ni una lágrima cayó de los ojos de Burns. Yo tuve que dejar la labor porque me temblaban las manos debido a la rabia y la impotencia que sentía ante ese espectáculo. Sin embargo, la expresión de Burns no se alteró en lo más mínimo.
—¡Niña estúpida! —exclamó la señorita Scatcherd—. No hay forma de que te corrijas de los malos hábitos. ¡Devuelve el látigo a su sitio!
Burns obedeció. La miré cuando salía del armario de los libros; estaba guardando el pañuelo en el bolsillo y distinguí el rastro de una lágrima que surcaba su mejilla.