Jane Eyre
Jane Eyre En Lowood la mejor parte del día era el recreo de la tarde: aunque no conseguían quitarnos el hambre, el pedazo de pan y la taza de café de las cinco nos proporcionaban una cierta vitalidad. Además, se aflojaba el férreo control imperante durante el día. Eso, unido a que la temperatura en la sala de estudio era más cálida que por las mañanas (ya que se atizaba el fuego para suplir en lo posible la falta de velas, aún no encendidas a esa hora), hacía que el griterío de las chicas y sus constantes idas y venidas reflejaran una bulliciosa sensación de libertad.
La tarde en la que vi como la señorita Scatcherd azotaba a Burns, me dediqué como de costumbre a deambular por mi cuenta entre los bancos y pupitres, sin participar en el jolgorio que me rodeaba pero sin sentirme sola. Al pasar por delante de las ventanas, eché una mirada al exterior: nevaba con fuerza y la nieve empezaba a acumularse contra los cristales. Con la oreja pegada a la ventana pude distinguir el aullido desconsolado del viento, aislándolo del tumulto que reinaba en el interior.