Jane Eyre
Jane Eyre Es probable que de haber dejado atrás un hogar y unos padres cariñosos, esta hubiera sido la hora en que más los habrÃa añorado: en ese caso el viento habrÃa entristecido mi espÃritu y el oscuro caos habrÃa perturbado mi serenidad; sin embargo, la emoción que me dominaba era más bien un extraño nerviosismo, una mezcla entre inquietud y angustia. Deseé que los lamentos del viento fueran aún más atroces, que la penumbra se ennegreciera del todo y que la confusión que reinaba en el interior aumentara de intensidad hasta convertirse en un clamor ensordecedor.
Saltando entre los bancos y corriendo bajo las mesas, llegué hasta una de las chimeneas. Arrodillada frente al fuego, Burns parecÃa absorta en la lectura de un libro a la luz de las brasas.
—¿TodavÃa estás leyendo Rasselas? —pregunté, acercándome a ella.
—SÃ, estoy a punto de terminarlo.
No tardó más de cinco minutos en cerrarlo. Me alegré.
«Ahora, quizá pueda entablar conversación con ella», pensé mientras me sentaba en el suelo a su lado.
—¿Cuál es tu nombre de pila? —pregunté.
—Helen.
—¿VivÃas muy lejos de aquÃ?
—En el norte, casi en el lÃmite con Escocia.
—¿Volverás algún dÃa?