Jane Eyre

Jane Eyre

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—No tengo la menor duda de que no te ha tratado bien. Ella no puede soportar tu carácter, al igual que la señorita Scatcherd no aguanta el mío. Lo que me extraña es la minuciosidad con que recuerdas todo lo que te ha dicho y hecho. ¡Qué impresión debe de haber causado en tu corazón el sentimiento de injusticia! No creo que nada pudiera hacer tal mella en mis sentimientos. ¿No sería mejor que intentaras olvidar su severidad y al mismo tiempo las turbias pasiones que despertaba en ti? La vida me parece demasiado corta para perderla alimentando animosidad o recordando los errores de los otros. Todos cargamos con nuestras faltas en este mundo, pero llegará el día en que nos libraremos de ese peso. Algún día, con el final de nuestros cuerpos corruptos desaparecerá el pecado y la degradación, y solo la chispa del espíritu permanecerá: el principio inmaterial de toda vida y de todo pensamiento, pura como cuando sirvió de inspiración al Creador. Entonces el alma se elevará hasta un lugar muy por encima de este mundo de hombres, ascendiendo los gloriosos escalones que la conducirán hasta los ángeles y compartirá con ellos su brillo. Seguro que nadie pasará jamás de ser hombre a ser diablo. No puedo creerlo. Es más, sostengo otra creencia que nadie me enseñó y que no suelo mencionar, pero a la que me aferro con entusiasmo porque llena mi vida de esperanza. Sé que la eternidad no es otra cosa que un lugar de reposo, un hogar rebosante de cariño, y no un abismo lleno de terror. Esta creencia me permite distinguir al criminal del crimen cometido, y así me veo capaz de perdonar al primero con toda sinceridad, sin olvidarme del segundo. La venganza nunca me inquieta, la degradación nunca consigue disgustarme demasiado, la injusticia nunca me indigna. Vivo en paz, esperando el final.


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