Jane Eyre
Jane Eyre Hizo una pausa de al menos diez minutos en la que observé, ya en plena posesión de todos mis sentidos, cómo los miembros femeninos de la familia Brocklehurst sacaban los pañuelos bordados con el fin de limpiar los cristales de sus gafas. Mientras su madre no paraba de balancearse, las dos jóvenes susurraron: «¡Qué horror!».
El señor Brocklehurst tomó de nuevo la palabra.
—Supe todo esto a través de su benefactora, la dama piadosa y caritativa que la adoptó al quedar huérfana, acogiéndola como si fuera su propia hija; su amabilidad y generosidad solo obtuvieron de esta niña la peor de las ingratitudes, hasta tal punto que la señora se vio obligada a aislarla de sus hijos, temerosa de que el ejemplo de esta viciosa criatura contaminase la pureza de espíritu de los suyos. La ha enviado aquí para intentar curarla, ya que hasta los judíos de antes enviaban a sus enfermos a las aguas de Bethesda. Profesoras, supervisora, os pido que no dejéis que las aguas se estanquen a su alrededor.
Con esta sublime conclusión, el señor Brocklehurst se ajustó el botón superior del sobretodo y se dirigió en voz muy baja a sus familiares, que se levantaron para despedirse de la señorita Temple y desfilaron majestuosamente hacia la puerta. Cuando estaba a punto de salir, mi juez se volvió y dijo: