Jane Eyre
Jane Eyre —Veis que aún es joven; observáis que es como cualquier otra niña: Dios la ha hecho igual a las demás, sin ninguna deformidad que la distinga del resto. ¿Quién podrÃa pensar que el Maligno la ha tomado como servidora, como agente del mal? Sin embargo, y aunque me pese, debo afirmar que esto que acabo de decir es absolutamente cierto.
Hizo una pausa, en la que comencé a controlar los nervios, a sentir que el Rubicón ya habÃa sido cruzado y que tendrÃa la fuerza suficiente como para soportar el inevitable juicio.
—Mis queridas niñas —prosiguió el clérigo de mármol negro en tono solemne—, me enfrento a una tarea triste y penosa: debo preveniros contra esta niña. Ella, que podrÃa ser uno de los corderos de Dios, es una pequeña infame: alguien que no pertenece al rebaño, una intrusa, una extraña. No os acerquéis a ella; si es necesario, evitad su compañÃa, excluidla de vuestros juegos y alejadla de vuestras conversaciones. Vosotras, profesoras, debéis vigilarla: no la perdáis de vista, mesurad sus palabras, examinad sus acciones, castigad su cuerpo para asà salvar su alma, si es que dicha salvación aún es posible ya que (la lengua se resiste a pronunciar estas palabras) esta niña, nacida en tierra cristiana, es peor que todos aquellos bárbaros que elevan sus plegarias a Brahma y se arrodillan ante Juggernaut. Esta niña es… ¡una embustera!