Jane Eyre

Jane Eyre

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—No tengas miedo, Jane. Ha sido un accidente. Nadie va a castigarte.

El amable consejo se clavó en mi corazón como si se tratara de una daga.

«Un minuto más y ella pensará de mí que soy una hipócrita, y me despreciará», pensé, sintiendo en las sienes un temblor lleno de rabia hacia los Reed, los Brocklehurst y todos los de su especie. Yo no era Helen Burns.

—Traed ese taburete —dijo el señor Brocklehurst señalando uno muy alto, y alguien obedeció—. Colocad a la niña encima.

Ignoro quién me subió ahí: no estaba en condiciones de prestar atención a los detalles. De repente me vi a la altura de la nariz del señor Brocklehurst, a pocos centímetros de él, mientras una especie de manto anaranjado y púrpura coronado por plumas plateadas se extendía a mis pies.

El señor Brocklehurst comenzó su sermón.

—Señoras —dijo, volviéndose a su familia—, señorita Temple, profesoras, alumnas, ¿veis a esta niña?

Claro que me veían: sentía sus ojos como cristales horadándome la piel.


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