Jane Eyre
Jane Eyre Hasta este momento, pese a seguir con todo detalle el discurso del señor Brocklehurst, no había descuidado mis precauciones para mantenerme a salvo, intentando por todos los medios permanecer oculta. Para este fin me había sentado lo más abajo posible y había colocado el pizarrín de forma que cubriera mi rostro, aparentando estar muy ocupada. El truco habría resultado si no hubiera sido porque el pizarrín, traicionero, logró resbalar de mis manos y cayó al suelo, partiéndose en dos y logrando que todas las miradas se volvieran hacia mí. Supe que todo había terminado y, mientras me inclinaba para recoger los dos fragmentos de pizarra, hice acopio de fuerzas para enfrentarme a lo peor. No tardó en llegar.
—¡Una niña descuidada! —dijo el señor Brocklehurst, añadiendo de inmediato, antes de que yo pudiera tomar aliento—: Me parece que es la nueva alumna. Esto me recuerda que tengo algo que decir acerca de ella. ¡Que se acerque la niña que ha roto la pizarra! —Hablaba en voz alta, que a mí me pareció un trueno.
No habría sido capaz de levantarme por voluntad propia: las piernas no me respondían, pero dos de las chicas mayores que se sentaban a mi lado me pusieron de pie y me empujaron hacia el pavoroso juez. La señorita Temple me acompañó hasta él mientras me murmuraba al oído: