Jane Eyre

Jane Eyre

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«Nunca», pensé, y deseé la muerte con todas mis fuerzas. Mientras me repetía entre sollozos este anhelo, alguien se acercó a mí. Era Helen Burns. Los restos del fuego alumbraron su sombra recorriendo la gran sala vacía. Me traía el café y un poco de pan.

—Ven a comer algo —me dijo.

Yo lo aparté, segura de que una sola gota, una simple miga, me harían vomitar. Helen me miró, y sus ojos mostraron una cierta sorpresa: a pesar de sus esfuerzos yo era incapaz de controlar mi agitación, no podía reprimir el llanto. Ella se sentó a mi lado, con las manos alrededor de las rodillas, y apoyó la cabeza en ellas; permaneció silenciosa como un monje hindú hasta que yo me decidí a hablar.

—Helen, ¿por qué te preocupas de alguien a quien todo el mundo cree una mentirosa?

—¿Todo el mundo, Jane? Cuando te acusaron de serlo había en la habitación ochenta personas a lo sumo, y en la tierra viven cientos de millones.

—Pero ¿qué me importan a mí esos millones si las ochenta únicas personas que conozco me desprecian?

—Te equivocas, Jane. Lo más probable es que no haya una sola persona en el colegio que te desprecie. Estoy segura de que la mayoría siente una profunda lástima por ti.

—¿Cómo pueden apiadarse de mí después de lo que ha dicho el señor Brocklehurst?


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