Jane Eyre

Jane Eyre

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—El señor Brocklehurst no es un dios; ni siquiera es un gran hombre digno de admiración. Pocas le aprecian aquí; nunca se ha tomado la molestia de despertar nuestras simpatías. Si te hubiera tratado como a una de sus favoritas, de inmediato te habrías ganado enemigas, más o menos solapadas. En cambio, ahora la mayoría de las chicas vendrían a consolarte si se atrevieran. Tal vez las niñas y las profesoras te miren con frialdad durante un par de días, pero en el fondo de sus corazones simpatizan contigo y, si te esfuerzas en ser buena, ese sentimiento cobrará aún más fuerza por el hecho de haber sido reprimido por un tiempo. Además, Jane…

—¿Qué, Helen? —pregunté, poniendo la mano entre las suyas; ella me acarició los dedos para darme calor.

—Aunque todo el mundo te odiara y creyera que eres malvada, mientras tu conciencia aprobara tus actos y te absolviera de toda culpa, seguirías teniendo amigos.

—No. Ya sé que debería pensar bien de mí misma, pero eso no basta. Si los otros no me quieren, prefiero morir. No puedo soportar la soledad y el desamor, Helen. Para ganarme tu afecto, o el de la señorita Temple, o el de cualquier persona a quien amara de verdad, aceptaría romperme el brazo, o dejaría que un buey me derribara, o me pondría detrás de un caballo salvaje y soportaría sus coces en el pecho.


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