Jane Eyre
Jane Eyre Conversaron de temas que yo nunca habÃa oÃdo: naciones y épocas del pasado, lejanos paÃses, secretos de la naturaleza. Hablaron de libros. ¡HabÃan leÃdo tantos…! ¡Cuántos conocimientos poseÃan! ParecÃan muy familiarizadas con los autores franceses y los nombres de ese paÃs, pero mi sorpresa alcanzó el grado máximo cuando la señorita Temple preguntó a Helen si habÃa tenido tiempo para repasar las enseñanzas de latÃn que su padre le habÃa proporcionado. Después de coger un libro de un estante, le pidió que leyera y tradujera una página completa de Virgilio, y Helen obedeció, logrando que mi admiración hacia ella aumentara considerablemente a medida que avanzaba en la lectura. Justo acababa de terminar cuando el timbre anunció la hora de acostarse. Era imposible demorarnos más. La señorita Temple nos abrazó a las dos, apretándonos contra su corazón.
—¡Que Dios os bendiga, niñas!
Fue a Helen a quien estrechó con más fuerza y durante más tiempo; sus ojos siguieron a la niña hasta la puerta, y sus labios dejaron escapar un segundo suspiro de tristeza, mientras se limpiaba una lágrima furtiva.