Jane Eyre

Jane Eyre

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Al llegar al dormitorio, oímos la voz de la señorita Scatcherd. Estaba revisando los cajones, y acababa de abrir el correspondiente a Helen Burns. Cuando entramos, Helen fue recibida con una fría reprimenda y la promesa de que al día siguiente debería llevar media docena de papeles sucios pegados en la espalda.

—Lo cierto es que el desorden del cajón era vergonzoso —murmuró Helen en voz baja—. Me había propuesto arreglarlo pero lo olvidé por completo.

A la mañana siguiente, la señorita Scatcher escribió en letras enormes la palabra «Cerda» sobre un pedazo de cartón y lo colgó alrededor de la amplia, inteligente y bondadosa frente de Helen, como si previniera a todo el mundo de un mal contagioso. Ella lo llevó hasta la tarde, con paciencia y sin resentimiento, asumiendo que era un castigo merecido. En el mismo momento en que la señorita Scatcherd finalizó las clases de la tarde, corrí hacia Helen, le arranqué el cartel y lo lancé al fuego. La furia que ella era incapaz de sentir me había estado ardiendo en el pecho durante todo el día, y apenas había logrado contener las lágrimas que pugnaban por bañar mis mejillas ante la triste resignación con que ella aceptaba esa afrenta.


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