Jane Eyre
Jane Eyre Dediqué el tiempo a dar vueltas por el cuarto, regodeándome en la pena que sentía por la ausencia de mi amiga y meditando en qué podría hacer para repararla, pero, cuando concluí estas reflexiones, alcé los ojos y vi que la noche había traído consigo un nuevo descubrimiento. En una sola tarde, había sufrido un proceso de transformación: mi mente había olvidado todo lo que había aprendido de la señorita Temple, o mejor dicho, la atmósfera de serenidad que se respiraba en su compañía se había esfumado con ella, y, ahora mi naturaleza bullía bajo el tumulto de viejas y conocidas emociones. Me habían arrebatado la razón que sustentaba mi sumisión; no me fallaba la capacidad de sentirme en paz, pero el motivo de esa paz se había perdido. Mi mundo había girado alrededor de Lowood durante años: toda mi experiencia se reducía a sus reglas y métodos. Ahora, de repente, recordaba que el mundo era enorme, y que todo un abanico de sensaciones, de esperanzas y de temores, aguardaban a quienes tenían el valor de lanzarse a por todas y buscar la auténtica sabiduría de la vida sorteando sus peligros.