Jane Eyre
Jane Eyre Fui hacia la ventana, la abrí y miré al exterior. Ahí estaban las dos alas del edificio, el jardín, los confines montañosos de Lowood, y luego, mas allá, el horizonte. Mis ojos fueron a posarse en el punto más remoto, las cimas azuladas. Quería rebasar esas colinas, ese cerco de rocas y brezo que parecía formar los muros de una cárcel, los límites del exilio. Seguí con la mirada el blanco sendero, que llegaba hasta la base de una montaña para luego desaparecer por una garganta entre dos picos. ¡Cómo deseaba alejarme por él! Recordé el anochecer en que yo recorrí ese mismo camino, a bordo de un carruaje. Parecía que había pasado una eternidad desde el día en que viera Lowood por vez primera: desde ese momento, nunca había salido de este lugar. Había pasado en él todas las vacaciones. La señora Reed jamás me había invitado a volver a Gateshead. Ni ella, ni nadie de su familia, vino nunca a visitarme. No mantuve correspondencia con ninguna persona ajena al colegio: solo reglas del colegio, obligaciones del colegio, hábitos y responsabilidades del colegio; las voces, las caras, las frases, las costumbres, las simpatías y las antipatías de alumnas y profesoras, habían conformado toda mi existencia. Y ahora sentía que no era bastante: el peso de ocho años de rutina cayó sobre mi en una sola tarde. La falta de libertad me ahogaba, y por ella elevaba mis súplicas en forma de oración, pero el suave viento parecía dispersarlas sin respuesta. Fue entonces cuando opté por una petición más humilde: algún estímulo que supusiera un cambio, pero este deseo también se desvaneció en el espacio. «¡Entonces —grité al borde de las lágrimas—, concédeme al menos una nueva servidumbre!»