Jane Eyre
Jane Eyre «¡Una nueva servidumbre! Eso es una posibilidad», hablaba conmigo misma (mentalmente, se entiende, y no en voz alta). «Sé que lo es porque no suena tan placentero como Libertad, Excitación o Diversión, palabras deliciosas, pero que para mí no son más que meros sonidos, tan profundos y efímeros que escucharlos no es sino una pérdida de tiempo. ¡Pero Servidumbre! Eso es algo real. Una debe servir a alguien: yo lo he hecho aquí durante ocho años. Lo único que quiero es servir en otro lugar. ¿Es que no puedo conseguirlo? ¿No es algo factible? Sí, sí lo es: el fin buscado no es tan difícil. Si tuviera una mente lo bastante activa como para descubrir el medio de lograrlo…»
Me senté en la cama, intentando poner en marcha ese cerebro medio atontado. La noche era muy fría; me cubrí los hombros con un chal y luego me dediqué a estrujar el cerebro con todas mis fuerzas.
«¿Qué es lo que quiero? Un nuevo puesto, en una casa nueva, entre caras nuevas y en nuevas circunstancias. Desear algo mejor es absurdo. ¿Cómo logra la gente un empleo? Acuden a sus amistades, supongo. Yo no tengo amigos. Debe de haber otros muchos en mi misma situación, sin nadie a quien recurrir. ¿Cómo se las arreglan?»