Jane Eyre

Jane Eyre

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El documento permaneció todo el día en el interior del cajón. Después del té, pedí permiso a la nueva supervisora para ir hasta Lowton con el fin de realizar algunos encargos propios y un par que me habían solicitado algunas compañeras. Mi petición no halló oposición alguna. Era un paseo de más de tres kilómetros y la tarde se presentaba húmeda, pero los días aún eran largos. Visité varias tiendas y dejé la carta en la estafeta de correos, volviendo a casa bajo una intensa lluvia. Llegué con la ropa chorreando, pero con el corazón satisfecho.

La semana siguiente se me hizo eterna. Por fin acabó, como todas las cosas que se rigen por el movimiento de la luna, y una vez más, al atardecer de un agradable día de otoño, me encontré recorriendo el camino hacia Lowton. Lo cierto es que se trataba de una senda pintoresca que avanzaba a orillas del riachuelo siguiendo las suaves curvas del valle, pero ese día mi único pensamiento eran las cartas que tal vez me aguardaban en el pueblo.

La excusa que me había permitido salir en esta ocasión era la necesidad de que me tomaran las medidas para unos zapatos nuevos, así que lo primero que hice fue quitarme de encima ese asunto para luego encaminar mis pasos a la oficina de correos que se encontraba enfrente de la zapatería. La encargada era una dama de avanzada edad, con gafas de pasta y mitones negros.


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