Jane Eyre
Jane Eyre —¿Hay alguna carta para J. E.? —pregunté.
Me miró por encima de las gafas, abrió un cajón y revisó el contenido de este durante un buen rato, tan largo que mis esperanzas empezaron a desvanecerse. Por fin, después de sostener un documento delante de sus narices por más de cinco minutos, lo dejó sobre el mostrador, acompañando su acción con otra mirada inquisitiva y desconfiada. En el sobre estaban escritas las iniciales J. E.
—¿Solo hay una?
—No hay ninguna más —respondió.
Guardé la misiva en el bolsillo y volví a casa a toda prisa. No tenía tiempo para abrirla en ese momento: eran casi las siete y media, y las reglas me obligaban a estar de vuelta a las ocho en punto.