Jane Eyre

Jane Eyre

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—Señorita —dijo una criada con la que me crucé en el salón que yo recorría como un alma en pena—, abajo hay alguien que desea verla.

«El cochero, sin duda», pensé, y corrí escaleras abajo sin más preguntas. Estaba cruzando la sala trasera, el lugar donde las profesoras recibíamos a las visitas, cuando alguien salió de ella a través de la puerta entreabierta.

—¡Estoy segura de que es ella! La habría reconocido en cualquier parte —gritó una mujer, deteniéndome y tomándome de la mano.

La miré: ante mí tenía a una mujer vestida como una criada de buena casa, con aire maternal aunque todavía joven. Era muy atractiva: tenía el cabello y los ojos negros, y un aire muy enérgico.

—Bueno, ¿quién soy? —preguntó en un tono que me era vagamente familiar, y luciendo en su rostro una media sonrisa—. ¿No se habrá olvidado de mí, señorita Jane?

En un segundo nos fundimos en un abrazo, mientras yo la besaba una y otra vez sin poder contenerme. No podía decir nada aparte de: «¡Bessie! Bessie!», a lo que ella respondía riendo y llorando a la vez. Entramos en la sala. Junto al fuego, había un chico de unos tres años vestido con un pantalón y una chaqueta a cuadros.

—Este es mi hijo —dijo Bessie.

—¿Te has casado?


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