Jane Eyre

Jane Eyre

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Sonreí ante la franqueza de Bessie. Supuse que era la verdad, aunque debo confesar que no me sentó del todo bien: la mayoría de chicas de dieciocho años desean agradar, y la confirmación de que su aspecto no es capaz de suscitar ese sentimiento no resulta un plato de buen gusto.

—Pero estoy segura de que es usted muy inteligente —prosiguió Bessie, a modo de consuelo—. ¿Qué sabe hacer? ¿Toca el piano?

—Un poco.

Había uno en la habitación. Bessie levantó la tapa y me pidió que tocara algo para ella. Yo interpreté un par de valses y ella quedó encantada.

—¡Las señoritas Reed no tocan ni la mitad de bien! —exclamó entusiasmada—. Siempre dije que las sobrepasaría en conocimientos. ¿Sabe usted dibujar?

—Sobre la chimenea hay uno de mis cuadros.

Era la acuarela de un paisaje que había pintado como regalo a la supervisora en reconocimiento a su desinteresada mediación ante el comité. Ella lo había hecho enmarcar y lo había colgado en la sala.

—¡Es precioso, señorita Jane! Sabía que lo conseguiría, dijeran lo que dijeran sus parientes. Por cierto, hay algo que deseo preguntarle: ¿ha tenido alguna noticia de la familia de su padre, los Eyre?

—Ninguna.


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