Jane Eyre
Jane Eyre El asiento en el que las muchachas me habían colocado era una otomana que no se hallaba muy lejos de la chimenea de mármol, de modo que frente a mí tenía el lecho; a la derecha estaba el alto y oscuro armario, cuyos tenues reflejos intensificaban o reducían el brillo de los paneles; a mi izquierda quedaban las ventanas enfundadas en tela y, entre ellas, un enorme espejo reflejaba la suntuosidad de la alcoba y del lecho. No sabía si creerme del todo que hubieran cumplido su amenaza de cerrar la puerta con llave, así que, cuando me atreví a moverme, fui a comprobarlo. ¡No hubo nunca cárcel más segura! Al regresar a mi asiento tuve que cruzar por delante del gran espejo, y sin querer exploré con la mirada las profundidades del cristal. En ese hueco todo tomaba un aspecto más frío y más oscuro que en la realidad: la pequeña figurita que me observaba, pálida y con el miedo dibujado en los ojos, agitando la oscuridad con sus brazos, daba la impresión de ser uno de esos espíritus que aparecían en los relatos de Bessie, uno de esos seres mitad hadas, mitad duendes, que acechaban a los atónitos viajeros nocturnos desde los solitarios helechos de los páramos. Volví a mi taburete.