Jane Eyre
Jane Eyre —Oh, sÃ. Con toda claridad. No es la primera vez que la oigo. Grace cose en una de esas habitaciones; a veces Leah sube a hacerle compañÃa y acaban haciendo mucho ruido.
La risa se repitió, en un tono más bajo, casi gutural, acabando en un extraño murmullo.
—¡Grace! —exclamó la señora Fairfax.
La verdad es que yo no esperaba que contestara ninguna Grace. La risa era tan trágica, tan sobrenatural, que no parecÃa proceder de una garganta humana. Suerte que era mediodÃa y que no habÃa rastro de fantasmas que provocaran temor, o de lo contrario me habrÃa dejado llevar por un pánico cerval. De hecho, no hay duda de que el acontecimiento me habÃa asustado como a una tonta.
Se abrió una puerta cercana y por ella salió una criada. Era una mujer de entre treinta y cuarenta años, de complexión cuadrada, pelirroja, y con un rostro que no mostraba la menor expresión. Apenas podÃa imaginarse una figura menos fantasmagórica o romántica que aquella.
—Haces demasiado ruido, Grace —reconvino la señora Fairfax—. ¡Recuerda las órdenes!
Grace hizo una silenciosa reverencia y volvió a meterse en el cuarto.