Jane Eyre
Jane Eyre La señora Fairfax se detuvo unos instantes para cerrar la trampilla. A tientas, conseguà hallar la salida del ático y descendà por la estrecha escalera, que me condujo hasta un largo corredor que separaba las habitaciones delanteras y traseras del tercer piso. Era estrecho, oscuro y de techo bajo, con solo una ventana en uno de los extremos; las dos filas de negras puertas cerradas, a ambos lados, recordaban al castillo de Barba Azul.
Mientras avanzaba lentamente por él, llegó a mis oÃdos una carcajada, el último sonido que yo esperaba escuchar en una zona tan solitaria. Fue una risa peculiar, inconfundible, triste y solemne. Me detuve, y el sonido cesó durante un momento, para luego repetirse con más fuerza que antes, ya que al principio, aunque audible, habÃa sido una risa grave. Recorrió el pasillo como un grito clamoroso, despertando ecos en los rincones solitarios. Pese a ello, habrÃa jurado que procedÃa de una sola habitación y habrÃa podido señalar la puerta tras la que se ocultaba.
—¡Señora Fairfax! —grité al escuchar sus pasos por las escaleras—. ¿Ha oÃdo esa risa? ¿A quién pertenece?
—Debe de ser alguna criada, —respondió—. Grace Poole, seguramente.
—¿La ha oÃdo?