Jane Eyre

Jane Eyre

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La seguí de nuevo, subimos una empinada escalera hasta el ático; una vez allí, ascendimos otra escalera y salimos al tejado a través de una trampilla. Ahora estaba al mismo nivel que la colonia de grajos y podía observar sus nidos. Apoyada en las almenas, dejé que mi mirada recorriese los campos como si se tratara de un mapa: la hierba brillante y aterciopelada que se extendía hasta la base de la gris mansión; el campo, amplio como un parque y salpicado de viejos árboles; el bosque, seco y amarillento, dividido por un sendero desdibujado por causa de la maleza que mostraba un verde aún más intenso que el de las copas de los árboles; la iglesia junto a la verja, el camino, las tranquilas colinas reposando bajo el sol otoñal… Todo ello delimitado por un cielo azul con perlas de mármol blanco. No había nada extraordinario en la escena, pero el conjunto era agradable. Al retomar el descenso por la escalera apenas podía distinguir dónde ponía los pies. El ático parecía oscuro como una tumba comparado con la claridad azulada del exterior, con aquel paisaje crepuscular formado por el bosque, los prados y la verde colina, que yo había estado contemplando con ávido placer.





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