Jane Eyre
Jane Eyre ¿Quién puede censurarme? Muchos, sin duda, me acusarán de desagradecida. No podía evitarlo: la agitación bullía en mi naturaleza con tanta fuerza que a veces llegaba a dolerme. En esas ocasiones, mi único consuelo consistía en recorrer el pasillo del tercer piso de un lado a otro, sintiéndome segura en medio de la soledad y el silencio que rezumaba el lugar. Allí, dejaba que mi mente construyera brillantes visiones, emociones imaginarias que me sacudían el corazón al mismo tiempo que lo llenaban de vida, y, lo mejor de todo, abría mis oídos hacia un cuento interminable, un relato que mi imaginación había inventado y que no paraba de narrarme a mí misma. Un relato que contenía los incidentes, la vida, el fuego y la pasión que hubiera deseado sentir en mi existencia actual.