Jane Eyre
Jane Eyre En esos ratos de soledad a menudo oía la extraña risa de Grace Poole: el mismo timbre, el mismo tono lento y grave que tanto me sorprendió la primera vez que llegó hasta mí. También escuchaba sus excéntricos murmullos, aún más peculiares que su risa. Había días en los que estaba en relativo silencio, pero había otros en que producía incontables sonidos. A veces la veía: salía de la habitación llevando en las manos una palangana, un plato o una bandeja; bajaba a la cocina para volver al poco rato, provista (oh, lector romántico, perdóname por contarte la verdad sin adornos) de una jarra de cerveza negra. Sus apariciones servían siempre de revulsivo ante la curiosidad que generaban sus extravagantes sonidos: de rasgos bastos y serios, no había en ella nada que lograra despertar el menor interés. Varias veces intenté entablar conversación con ella, pero era una mujer de pocas palabras: una réplica monosilábica solía atajar cualquier esfuerzo de esa índole.
El resto del personal de la casa, es decir, John y su esposa, la doncella Leah y Sophie, la niñera francesa, eran gente decente, pero no había en ellos ningún rasgo destacable. Solía hablar con Sophie en francés, y a veces le hacía preguntas acerca de su tierra natal, pero la chica no tenía ninguna facilidad para la descripción o la narración y sus respuestas eran tan vagas y confusas que una acababa perdiendo el interés.