Jane Eyre
Jane Eyre Pasaron los meses de octubre, noviembre y diciembre. Una tarde de enero, la señora Fairfax me pidió que disculpara a Adèle de la clase ya que estaba resfriada. Como Adèle secundara la propuesta con un ardor que me recordó lo maravillosas que me habían parecido de pequeña las fiestas inesperadas, accedí a sus deseos pensando que hacía bien en mostrar una cierta flexibilidad. Era un día sereno, aunque muy frío. Llevaba toda la mañana sentada en la biblioteca y ya estaba cansada. Aproveché la necesidad de que alguien echara al correo una carta de la señora Fairfax para ponerme el sombrero y la capa, y me ofrecí a caminar hasta Hay. Los tres kilómetros de distancia supondrían un agradable paseo de sobremesa. Tras dejar a Adèle confortablemente instalada en su silla junto a la chimenea, y haberle dado su mejor muñeca de cera para que jugara (una muñeca que normalmente mantenía envuelta en papel de plata dentro de un cajón), y un libro de cuentos por si se aburría más tarde, respondí con un beso a su despedida, «Revenez bientôt ma bonne amie, ma chère mlle. Jeanette»,[6] y salí de la casa.