Jane Eyre
Jane Eyre La violenta tiranía de John Reed, la orgullosa indiferencia de sus hermanas, la antipatía de su madre, la parcialidad de los criados, todo se revolvía en el fondo de mi cerebro como si fueran los sedimentos de un pozo turbio. ¿Por qué siempre tenía que sufrir yo? ¿Estar siempre vigilada, siempre acusada y condenada sin remisión? ¿Por qué nunca hacía nada bien a sus ojos? ¿Por qué resultaban inútiles todos mis esfuerzos por ganarme su favor? En cambio, todos respetaban a Eliza pese a su tozudez y su egoísmo, y perdonaban la conducta insolente, rencorosa y consentida de Georgiana; su rostro, de mejillas sonrosadas enmarcadas por rizos de oro, parecía complacer a todo el mundo y garantizarle la disculpa de todas sus faltas. Nadie osaba oponerse a John, y mucho menos a castigarle: aunque se dedicara a retorcer el pescuezo de las palomas, a matar a los pollitos, a azuzar a los perros contra las ovejas, a arrancar los frutos y destrozar las mejores flores del invernadero; aunque se dirigiera a su madre llamándola «vieja» y a veces se burlara de ella por el tono moreno de su piel (por otra parte muy parecido al suyo), aunque la desobedeciera de forma ostensible y a menudo se dedicara a romper y estropear sus vestidos de seda, seguía siendo «su niño querido». En cambio, yo, que intentaba no cometer ningún error y me esforzaba por cumplir con todas mis obligaciones, debía cargar a todas horas con el sambenito de ser mala, fastidiosa, estúpida y falsa.