Jane Eyre

Jane Eyre

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La tercera mostraba el extremo de un iceberg que rasgaba un frío cielo de invierno en el polo: un grupo de luces alzaba al norte sus lanzas contra el horizonte. En primer plano aparecía una cabeza colosal, inclinada hacia el iceberg como si quisiera descansar apoyada en él. Dos manos muy finas se unían bajo la frente, sosteniéndola, y cubriendo el rostro con un velo de color negro; solo quedaba a la vista la frente —exangüe, pálida como el hueso— y un único ojo, fijo y hundido, mostrando una expresión de vidriosa desesperación. Sobre las sienes, entre los pliegues de un negro turbante, con la consistencia de una nube, centelleaba un anillo de llamas blancas, salpicado por chispas de un tono mucho más brillante. Esta pálida media luna era «el símbolo de una corona real», que se ceñía sobre «aquella forma informe».

—¿Disfrutó mientras pintaba estos cuadros? —preguntó de repente el señor Rochester.

—La tarea me absorbía, señor, y sí, me sentía feliz. En realidad, pintarlos ha supuesto uno de los mayores placeres de toda mi vida.

—Eso no es decir mucho. Si nos basamos en su propio relato, sus placeres han sido más bien escasos. Sin embargo, me atrevería a decir que mientras preparaba estos extraños cuadros su mente se perdía en el paraíso soñado de los artistas. ¿Les dedicaba muchas horas cada día?


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