Jane Eyre
Jane Eyre Apenas habÃa terminado de atar las cintas de la carpeta cuando, mirando el reloj, el señor Rochester dijo en tono brusco:
—Son las nueve. ¿En qué está pensando, señorita Eyre, para dejar que Adèle siga levantada a estas horas? Llévela a la cama.
Adèle fue a darle un beso antes de acostarse. Él soportó el gesto, pero su respuesta fue menos expresiva de la que hubiera dado Pilot, por ejemplo.
—Buenas noches a todas —dijo, haciendo un gesto con la mano hacia la puerta, como si estuviera ya cansado de nuestra compañÃa y deseara que nos retiráramos.
La señora Fairfax dobló su labor, yo recogà mi carpeta. Nos despedimos con una pequeña inclinación, a la que él respondió con un frÃo ademán, y salimos de la sala.
—Usted me habÃa dicho que el señor Rochester no era un caballero demasiado especial, señora Fairfax —comenté, al reunirme con ella en su habitación después de haber acostado a Adèle.
—¿Y lo es?
—Creo que sÃ: es un hombre variable y brusco.
—No dudo que pueda parecerlo a una extraña, pero yo ya estoy tan habituada a sus maneras que no les doy importancia. Además, si tiene alguna rareza debemos excusársela.