Jane Eyre
Jane Eyre —¡Ja! Me temo que son muchos los que han nacido libres y están dispuestos a someterse a lo que sea a cambio de un salario, asà que limÃtese a hablar en su propio nombre y absténgase de generalizar en temas que desconoce por completo. De todos modos, mentalmente estoy de acuerdo con su respuesta, pese a la falta de exactitud, tanto en la forma en que se expresó como en el contenido de sus palabras: ha sido honesta y sincera, algo que no es muy habitual. No, al contrario, hoy dÃa la respuesta más común suele estar teñida de afectación, frialdad o de una estúpida y mezquina falta de comprensión. De tres mil institutrices, ni tres me habÃan contestado de esa forma. Pero no estoy intentando adularla: el hecho de que su naturaleza sea distinta a la de las otras tampoco implica ningún mérito por su parte. Y, después de todo, tal vez me precipite en mis conclusiones. Por lo que sé, usted podrÃa no ser mejor que el resto; tal vez oculte defectos intolerables que anulen esas escasas virtudes.
«Exactamente igual que usted», pensé. Nuestros ojos se encontraron al mismo tiempo que esta idea cruzaba mi mente. Él pareció leer en ellos y respondió como si el pensamiento se hubiera expresado en voz alta.