Jane Eyre
Jane Eyre —SÃ, sÃ, tiene usted razón —dijo—. Tengo muchos defectos; soy consciente de ellos y no tengo la menor intención de esconderlos. Dios sabe que no puedo permitirme el lujo de ser muy severo con el prójimo, ya que poseo un pasado, unas obras y una forma de ver la vida que atraerÃan el menosprecio y la censura despiadada de mis vecinos. Empecé a desviarme (puesto que, como buen pecador, me gusta achacar las culpas mitad a la mala fortuna y mitad a las circunstancias adversas) cuando tenÃa veintiún años, y desde entonces no he vuelto a retomar el buen camino. Pero podrÃa haber sido una persona muy distinta, podrÃa haber sido tan bueno como usted, más listo y con su misma pureza de espÃritu. Envidio la serenidad de su juicio, su conciencia limpia y su memoria impoluta. Pequeña, una memoria carente de manchas e impurezas debe ser un tesoro exquisito, una inagotable fuente de fresco placer. ¿No es asÃ?
—¿Cómo era su memoria a los dieciocho años, señor?