Jane Eyre
Jane Eyre —Es posible. Aunque, ¿por qué voy a hacerlo si busco nuevas y frescas fuentes de placer? Puedo conseguir un alimento tan dulce como la mejor miel que las abejas almacenan en el panal.
—Su sabor será amargo a sus labios, señor. Le escocerá.
—¿Y usted cómo lo sabe? ¿Acaso la ha probado? ¡DeberÃa verse la expresión, tan seria, tan solemne…! Y, sin embargo, sabe usted tanto de la vida como este camafeo —dijo, cogiendo uno de encima de la mesa—. No tiene ningún derecho a sermonearme: usted, una novata que aún no ha cruzado el umbral de la vida e ignora por completo los enigmas que la aguardan al otro lado de la puerta.
—Me limito a citar sus propias palabras, señor. Fue usted quien dijo que el error trae consigo el remordimiento y que este era el peor veneno de la vida.
—¿Y quién habla de errores ahora? No creo que la idea que pasó por mi cerebro fuera un error. Más bien me atreverÃa a calificarla de inspiración: era genial, reconfortante, estoy seguro de ello. ¡Aquà viene de nuevo! Puedo afirmar que no se trata de ningún demonio, o, en el caso de que lo sea, se ha ocultado bajo las ropas de un ángel de luz. Creo que lo más justo serÃa admitir a ese huésped que llama a las puertas de mi corazón.