Jane Eyre

Jane Eyre

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—En efecto, mucho mejores, tan distintas en calidad como la distancia que separa el oro puro de la escoria más inmunda. Parece dudar de mí; sin embargo, yo no dudo en absoluto de mí mismo. Sé cuál es la meta y qué motivos me impulsan, y en este momento proclamo una ley, tan inalterable como las que regían las vidas de medos y persas, que dice que ambos son correctos.

—No pueden serlo tanto, señor, si hace falta dictar una nueva ley para regularlos.

—Pues lo son, señorita Eyre, aunque necesiten un estatuto nuevo: la combinación de circunstancias desconocidas hasta el momento exige reglas de las que nadie había oído hablar.

—Esa máxima suena peligrosa, señor. Es fácil advertir el abuso que subyace a esas palabras.

—¡Sabia conclusión! Pero juro por los dioses del hogar que no caeré en dicho abuso.

—Usted es humano y, por tanto, susceptible de errar.

—Lo soy. Y también usted. ¿Qué me dice ahora?

—Los seres humanos y falibles no deberían otorgarse el poder que está reservado a seres divinos y perfectos.

—¿A qué poder se refiere?

—Ese que le autoriza a decir de todo comportamiento extraño a la costumbre «eso está bien».


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