Jane Eyre
Jane Eyre —«Eso está bien.» Acaba usted de pronunciar las palabras justas.
—Entonces, tal vez tenga razón —dije, poniéndome de pie. CreÃa inútil proseguir con una conversación en la que avanzaba a tientas. Además, percibÃa que el carácter de este interlocutor estaba más allá de mi comprensión, al menos en ese momento de mi vida, y eso me intranquilizaba, llenándome de ese sentimiento de inseguridad que suele ir unido a la constatación de los propios lÃmites.
—¿Dónde va ahora?
—A acostar a Adèle. Es ya muy tarde.
—Le doy miedo porque hablo como una Esfinge.
—Debo reconocer que su lenguaje es enigmático, señor, y que causa en mà una cierta perplejidad, pero no temor.
—Está asustada. Su amor propio teme cometer un error.
—En ese sentido sÃ, señor. No tengo el menor deseo de decir tonterÃas.