Jane Eyre

Jane Eyre

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—Si las dijera, lo haría de una forma tan sensata y tranquila que lograría confundirme. ¿No se ríe nunca, señorita Eyre? No se moleste en contestar, yo lo haré por usted: no suele reír a menudo, pero intuyo que puede hacerlo alegremente. Créame, no es usted de natural austero, al igual que yo no soy vicioso de nacimiento. La represión de Lowood sigue pegada a usted de algún modo: controla su expresión, acalla su voz y le paraliza los miembros y, en presencia de un hombre —ya sea padre, hermano o señor—, no se atreve a sonreír con demasiada alegría, ni a hablar con demasiada libertad, ni a moverse demasiado deprisa. Pero con el tiempo, y puesto que yo me confieso incapaz de tratarla de manera convencional, creo que aprenderá a ser espontánea conmigo, y entonces su aspecto y sus movimientos ganarán en espontaneidad. De vez en cuando vislumbro entre los gruesos barrotes de la jaula la mirada de un pajarillo curioso: ahí dentro hay un alma inquieta, viva y decidida. Si fuera libre, emprendería el vuelo hacia las nubes. ¿Sigue insistiendo en retirarse?

—Han dado ya las nueve, señor.





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