Jane Eyre
Jane Eyre —¡Suéltala! —fue la única respuesta—. Suelta la mano de Bessie. No lograrás salir por estos medios. Aborrezco el fingimiento, y más aún en los niños. Es mi obligación enseñarte que ese tipo de trucos no da resultado: ahora te quedarás aquà dentro durante una hora más, y solo te dejaré salir si pasas este tiempo en el más absoluto de los silencios.
—¡TÃa, tenga piedad! ¡Perdóneme! No puedo soportarlo. CastÃgueme de cualquier otro modo. Prefiero morir antes de…
—¡Cállate! Tus palabras me provocan náuseas.
Y no hay duda de que sentÃa lo que decÃa. A sus ojos yo no era más que una actriz precoz. Me miró como si mi corazón fuera un foso agitado por pasiones turbulentas, poseÃdo por un espÃritu falso y despreciable.
Una vez se hubieron retirado Bessie y Abbot, la señora Reed, impaciente ante las muestras de angustia y los temblores que me sacudÃan, me empujó al interior y cerró la puerta sin más comentarios. Oà cómo sus pasos se alejaban, y creo que poco después tuve una especie de ataque. La inconsciencia puso fin a la escena.